Las manzanas de Vilna (11º trabajo)

El autocar nos había arrojado de nuevo, sin ningún remordimiento, sobre las calles de una ciudad desconocida, aunque acarreando casi setecientos años en su mochila. Vilna estaba ahí, en todos los ángulos y minutos, preparada para ser descubierta. De la bolsa que nos acompañaba sacamos un par de manzanas para comenzar la mañana con ganas, y en marcha nos pusimos hacia el cobijo propuesto. Qué coincidencia nos apareció en el camino, sin proponérnoslo ninguno, a mitad de la avenida Mindaugo se presenta a la vista, a pie de una calle peatonal, el corazón de la ciudad, protegida por una media manzana de metro y medio de diámetro que alberga decenas de apellidos ilustres que dieron sangre al país. Nos miramos y nos reímos, brindamos con nuestras manzanas y seguimos nuestro camino.

No fue hasta horas después, cuando ya nos habíamos propuesto perdernos, el hambre se hizo grande de nuevo y de la bolsa brotaron dos nuevas manzanas que, aún sospecho que fueran las de Blancanieves y nos hicieran entrar en un sueño fantástico, pues no dimos muchos pasos más cuando casi pisamos otra media fruta del pecado. Ni Eva ni Adán se lo podían creer. La manzana de la discordia, la de Guillermo Tell, la que golpeó a Newton, la de la empresa de equipos tecnológicos, la Gran Manzana de… en este caso de Vilna. Manzanas lozanas por todos lados. En esta ocasión se trataba de un mosaico en el suelo de la plaza Moniushka, donde los enamorados comparten sus salivas y los perros despliegan su ADN.

Asustados, decidimos comprar una fruta distinta para la cena, y en lo alto de la Colina de Gediminas comenzamos a comernos el melón, contemplando en silencio la ciudad. Todo era tranquilo, hacía buen tiempo y se estaba cómodo, hasta que mi compañero exclamó una palabra poco adecuada con el ambiente que estábamos saboreando. Pregunté entonces por su malestar, y me dijo: “¿Sabes cómo se dice manzana en griego antiguo?”.

LAS MANZANAS DORADAS DEL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES

Heracles se paseaba sonriente por la vida, ya solo le quedaban dos trabajitos para ser libre y al Rey Euristeo se le estaban acabando las ideas y los monstruos a los que juntar con el semidiós. Pero para eso estaba Hera y su mala uva, y no iba a desistir de la destrucción de su odiado hijastro, así que sugirió el onceavo trabajo para que Euristeo dictase: “Consígueme 3 manzanas del Jardín de las Hespérides” ¿Parece fácil? Pues perdona, voy a ampliar la información: “Consígueme 3 manzanas del Jardín, cuya ubicación es totalmente desconocida y, aunque lo encuentres verás que las manzanas están custodiadas por tres ninfas (las Hespérides) y un dragón de cien cabezas”. Vale, ahora ya parece un trabajo digno del prota.

Aunque no sabía por dónde buscar, alguien le chivó que el dios de las olas del mar, Nereo, conocía el lugar donde estaba ubicado el Jardín, así que fue a por él y le atrapó durmiendo. Nereo tenía dos cualidades: una es que siempre decía la verdad, lo cual no siempre es algo bueno. Y segundo, sabía metamorfosearse, así que esto es lo que hizo cuando se vio atrapado, convertirse en serpiente, en agua y en fuego, entre otras cosas, pero el héroe se las ingenió para seguir manteniéndole atrapado, así que finalmente Nereo reveló la ubicación del Jardín… Una pena no saber mentir.

A Hiperbórea le mandó, un lugar fabuloso donde todo el mundo era feliz, decían, pero eso no era del todo cierto, pues se encontró allí al pobre titán Prometeo, que llevaba sufriendo varios siglos por el castigo que le impuso Zeus cuando se descubrió que el titán había dado el valioso fuego a los seres humanos. El castigo lo mantenía encadenado mientras un águila se comía su hígado, un órgano que le crecía de nuevo todos los días y, por lo tanto, todos los días lo devoraba el águila. Heracles, que era buena gente, mató al águila y le desató de la tortura (era el hijo favorito de Zeus, sabía que su padre le perdonaría). Así fue, que Prometeo, para agradecerle el gesto, le dijo que fuese a negociar con su hermano Atlas, pues este era el único que podría entrar en el Jardín y salir con vida, ya que era padre de las Hespérides.

Atlas también estaba castigado, como casi todos los titanes. Este tenía que sujetar eternamente el cielo, porque si no lo hacía había riesgo de que se cayese encima de toda la gente y a tomar por saco el mundo. Cuando llegó Heracles le comentó el percal y le pidió que robase las manzanas por él, pero claro, Atlas no iba a poder hacerlo porque estaba bastante liado con lo de sujetar la bóveda celeste, así que el héroe se ofreció a sujetar y aguantar el cielo mientras el titán se metía en el jardín y robaba las frutas prohibidas. Eso sí, antes Heracles tuvo que allanar el camino y matar al dragón de cien cabezas.

Atlas aceptó: le dejó el cielo al forzudo héroe y se fue a por las manzanas, las birló y apareció de nuevo con Heracles, pero como había catado libertad después de tanto tiempo, quiso engañar a Heracles y le propuso llevar él mismo las manzanas a Euristeo. Heracles, que se olía la tostada, le dijo que sí, pero que antes sujetase un momento para colocarse una capa encima y estar más cómodo sosteniendo el cielo. Obviamente, cuando Atlas sostuvo el cielo, Heracles tomó las manzanas doradas y abandonó al titán con la pesada carga. Euristeo flipó cuando vio llegar al semidiós con las frutas. El rey se las devolvió a Hera, que no podía ya con su furia, pues no solo no conseguía acabar con Heracles, sino que había propiciado su buena fama por todo el mundo.

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