Fugaz paseo por Lisboa

Cuando desapareció el icono luminoso que indicaba que el cinturón de seguridad ya no era obligatorio tenerlo abrochado, me soltó la mano. En ese momento suspiré y me examiné los dedos por si me hubiese dejado alguna marca. Parecía mentira que después de haber volado una decena de veces este año, su cuerpo aún no hubiera tomado costumbre de ello, aunque eso sí, no había nadie que haya conseguido aún quitarle el asiento de ventanilla.

Habíamos sufrido un retraso aéreo y las horas a las que habíamos llegado ya no eran muy amigables, además, el cansancio acumulado de la semana nos obligó a contratar a un conductor para que nos dejase en la puerta del alojamiento. La habitación que nos esperaba podría ser del tamaño de una caseta para perros, con un baño prácticamente sin puerta y el plato de ducha en la propia habitación, con vistas a la cama… Un habitáculo habitual en la ciudad de los terremotos.

Para terminar el día y celebrar la llegada a la capital de nuestros vecinos, ella decidió recenar un filete que debía ser de oro, o eso pensamos cuando el tipo del bar nos cobró veinte euros por él y por cuatro trozos de pan. Cierto que eran altas horas de la noche, pero ese plus de nocturnidad era un poco desmedido. Este fue nuestro primer terremoto.

Al día siguiente sentimos la auténtica velocidad de aquella ciudad, los 15 kilómetros por hora que alcanzan sus famosos tranvías nos escopetaron hacia la bella Plaza del Comercio, donde nos quedamos unos minutos contemplando el río Tajo y la mierda que arrastra desde el resto de la Península. En ese momento advertí que Kiran se rascaba mucho la parte izquierda del cuello, pero lo dejé pasar.

Entre la calle de la Plata y la calle del Oro, se encuentra el arco más famoso de Lisboa, el de la calle Augusta, una rua que se hace sola, donde nuestros pies caminaban sin esfuerzo mientras los ojos se quedaban en uno y otro comercio, pero resistimos toda tentación, lo cual nos llenó de orgullo. Y pasando el elevador de Santa Justa aterrizamos en la plaza Don Pedro IV, que se había convertido en un improvisado centro comercial navideño con una veintena de puestos de colores, donde mi acompañante rebotó de uno a otro afilando los dientes. Sin duda, esto fue otro terremoto, aunque únicamente para mí.

Mientras comprábamos en el metro los abonos 24h para ahorrarnos los euros, vi que Kiran tenía en el cuello una extraña marca parecida a la típica que dejan los vampiros al morderte. Al principio no la comenté nada por miedo a que se lo tomase mal, pero cuando cogimos el tranvía con dirección al Castillo de San Jorge, vi oportuno comentarlo. Ella me respondió que era una herida que le había salido al chocarse con una valla o algo así, por lo tanto, no le di más importancia.

El castillo nos regaló las mejores vistas de los tejados de Lisboa, además del perfume a sardina y bacalao que tanto abunda en sus restaurantes y tiendas de suvenires. Las murallas no detuvieron nuestras andanzas y, aunque casi lo consiguen las escaleras de las torres, pudimos conquistar la fortaleza e izar las toallas lusitanas. Según los habitantes del lugar, Lisboa fue fundada por Ulises en un nuevo capítulo de la Odisea. Los lisboetas se sienten muy orgullosos de esta leyenda, lo cual no era raro encontrarse referencias al héroe griego por diferentes lugares de la urbe.

Bajamos rodando hacia la catedral, comúnmente llamada la “Sé”, un precioso nombre para un templo cristiano, sin duda. Y desde este lugar tomamos el famoso 28, ese viejo tranvía que La Oreja de Van Gogh quiso revitalizar, y dentro comprendimos bien lo de los terremotos de Lisboa, porque menudo traqueteo, no sé cómo aún puede subir esas cuestas. El caso es que nos dejó en la calle de la pantera más conocida del mundo, pues casi sin querer nos vimos pisando un suelo rosa y cubiertos de paraguas de colores en plena tempestad de sonrisas y felicidad. Por suerte se nos fue rápidamente la tontería y llegó el hambre. Hora de ponerse ciegos a comida india.

En la mesa volví a mencionar lo de la marca del cuello de mi compañera, pues vi que se rascaba a menudo, y ella acabó confesándome que el pasado jueves le mordió un vampiro en el sitio ese donde hace pilates, que, aunque está claro que es un deporte practicado sobre todo por señoras que están a punto de jubilarse, ella defiende que no, que el pilates es fresco y vivaracho.

Bueno, a lo que íbamos. Que por lo visto le mordió un vampiro y creía que se estaba convirtiendo en uno de estos, pero aún debía faltarle, porque el sol aún no le afectaba. Yo le dije que tenía todo mi apoyo y que disfrutaríamos del viaje todo lo posible. Ella me abrazó… pero para distraerme mientras me robaba una samosa.

Tras la comida dimos un garbeo por el Barrio Alto, donde nos encontramos y saludamos a Fernando Pessoa y a la vaca del Ale-Hop. También visitamos unos puestos de libros prohibidos y comimos unos duces de Belem, yo cubierto de chocolate y Kiran de sangre humana, que ya se veía con el mono. Más tarde decidimos colocarnos en el estómago un vinito y cerveza a la vera del Mercado da Ribeira, que estaba lleno de gente dependiente del alcohol y la comida, como nosotros dos.

El sol se escondió tras el Atlántico y Kiran parecía más a gusto que un arbusto sin él, la verdad. Y ahora era turno de un walking tour de leyendas lisboetas, y aunque a la muchacha no le agradan este tipo de tours, sé que en esta ocasión lo disfrutó, pero claro, nunca lo va a admitir, su orgullo es férreo, y voy a dejar de insistir en ello a ver si me va a clavar sus dientes de vampiresa, que menuda es.

Nos hablaron de la ginjinha, de Saramago, de los esclavos y sobre todo de los terremotos, como si aún no nos hubiésemos enterado de que si te subes al 28 te recrean uno gratis. Terminó tarde y no pudimos estirar mucho más el día. Sushi para ela, pizza para ele. Una cena en la caja de zapatos donde dormíamos y una peli para adelantar los sueños.

El domingo fue duro. Kiran no me mordió en toda la noche, pero se encontraba peor y apenas soportaba la luz, de hecho, salí a la terraza a leer mientras ella terminaba su último sueño y, cuando entré a despertarla estaba muy consumida, pues me había dejado un poco la cortina abierta y los rayos de sol de noviembre perforaron el cristal y casi la piel de la mujercita. Luego costó reanimarla, pero había que abandonar ya el metro cuadrado de habitación, así que tuvo que ponerse gafas de sol para sobrevivir.

La mañana la pasamos en Belem: Su torre, el Monumento a los Descubrimientos y el monasterio de los Jerónimos. Además, compramos unos famosos dulces para llevárselos a las familias, porque otra cosa no, pero convencionales somos un rato, y si la presión social nos empuja al consumo de presentes viajeros habrá que rendirse a ello, a ver si luego van a pensar mal de nuestra manera de hacer las cosas. Lo primero son las apariencias, y luego ya si eso la familia, la salud y la bendita patria.

Mientras comíamos en una terraza, aprovechando el buen día que hacía, Kiran me preguntó obsesionada que si ya le habían crecido los colmillos, que los notaba más grandes. Yo le dije que los veía igual que siempre, pero que se fuese a mirar al espejo, pero al volver me dijo que ya no se reflejaba en ellos. Vaya, mi pareja ya se había convertido en una vampiresa ¡Qué pereza!

Después de la comilona fuimos caminando hacia el alojamiento, pues allí habíamos dejado nuestros bultos de viaje de fin de semana, y una vez en nuestro poder, pasamos la última hora en la ciudad a la vera del río, viendo como los pescadores sacaban del agua peces deformes. Yo, ya sabéis, me bebí una cerveja boa que entró como los ángeles.

Minutos después estábamos en el aeropuerto de nuevo. Los regresos a casa deberían estar prohibidos, o mejor aún, los regresos al mundo laboral. Menos mal que los vampiros pasan de currar.

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