Cuento navideño I: La pequeña Noah

La pequeña Noah tiene alergia a la Navidad. No le gusta ni el turrón de la marca buena. El año pasado, cuando tenía seis años, montó el Belén con sus padres y, cuando estos dormían la siesta, decapitó con las tijeras de coser a todos los personajes que intervienen en él, colocando las cabezas de los pastorcillos, de las lavanderas, de los soldados romanos, e incluso del cabezón de San José, alrededor de la cuna de su hermana Luna. Está claro que Noah es muy inteligente. Sus padres ni siquiera sospecharon de ella, pues tuvo el magnífico detalle de hacerle tragar a Luna la cabeza de Gaspar, pues sabía que, después del incidente, revisarían la caca del bebé.

Estas Navidades tenía otros planes. Su idea era acabar con los putos Reyes Magos, o al menos con alguno de ellos. Sabía que eran Melchor y su fiel paje quienes visitaban su casa todas las madrugadas del seis de enero para dejar los presentes y para ponerse ciegos a galletas y vino. Tenía los datos que quería.

Noah, con tan solo siete años, sabía muchas cosas. Sabía que el detergente en polvo te mata si lo ingieres. Sospechaba que, si lo juntas con otro producto que mata, como el spray anti-cucas, se puede volver más mortal todavía. Y Noah, que ha visto muchas pelis de malos silenciosos, sabía que, si juntas esos venenos con un líquido como el vino, no se ve y disimula el mal sabor. Noah sabía hacerlo y aprovechó cuando sus padres decoraban el árbol para mezclar productos.

Ahora, lo único que tenía que hacer aquella niña tan lista era irse a dormir para que la noche pasase con más rapidez y así poder contemplar los resultados de su plan maestro por la mañana, así fue que se acurrucó en su cama, arropadita por sus felices padres, que amaban la Navidad.

A las ocho de la mañana abrió un ojo y al momento le llegó el recuerdo. Tras la pared de su habitación ya se escuchaba el jaleo de sus vecinos abriendo regalos, pero ella esperaba otro tipo de sorpresa, así que puso sus pequeños pies descalzos en el suelo y corrió sonriendo hacia el salón, llamando a gritos a sus padres para que ellos también pudieran contemplar lo que debía esperarles en el lugar más decorado de la casa.

Todo salió como ella había planeado. En el salón se encontraba el rey barbudo tirado en el suelo, totalmente inmóvil, con una mano en el cuello, la otra dentro de su boca y los ojos desencajados. Sentada en la silla y con la cabeza apoyada en la mesa estaba la sierva del Melchor. Aún tenía la copa en la mano y parecía que había vomitado, porque había un charco oscuro en el mueble que goteaba en el suelo. Su boca llena de espuma y los ojos, rojísimos, estaban tan desencajados como el del monarca. Noah sonreía y seguía llamando a sus padres para que se levantasen a contemplar la escena. Como estos no venían se puso a abrir los regalos que circundaban el árbol de Navidad. Se sentía una triunfadora, porque además le habían traído lo que pidió.

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