Cuento navideño II: El peñón

Santa Claus estaba confundido, había recibido unas cartas de Archibald Thomson y de los hermanos Camdan y Ear Henderson desde un remoto islote del Atlántico Norte, a unas 70 millas náuticas de las escarpadas costas escocesas. Se imaginaba que los tres pescadores pasarían la noche navideña descansando en este lluvioso y frío lugar por motivos de trabajo.

A las tres de la mañana, con la humedad de la niebla y el viento helado de aquellas latitudes, Santa aterrizó con su trineo en el peñón y miró a su alrededor. No veía ningún pesquero fondeando, pero era difícil divisar algo en aquel momento. Sí pudo reconocer la caseta blanca de piedra en la parte alta de la roca, donde supuso que estarían pasando la noche los tres pescadores. Abrió su gran bolsa mágica, se inclinó para meter los brazos en su interior y fue sacando uno a uno los tres paquetes envueltos que le habían pedido en las respectivas cartas.

Como eran regalos pesados, desató a Vixen, su reno más resistente, y apoyó los presentes en su lomo para tirar de él después. La caseta solo estaba a cincuenta metros, pero la adversidad climatológica hacía del camino un infierno. Al llegar miró primero por la ventana, no fuese a ser que alguno estuviera despierto, pero no, lo encontró todo muy oscuro y silencioso, así que agarró el primer regalo y entró en la casa por su única entrada, la puerta. Todas las puertas se abren al estar frente a Santa Claus, lo que ocurre es que imaginar a un gordo entrando por una chimenea siempre resulta más cómico, por eso él mismo hizo correr el rumor.

Se encontró un interior frío y desordenado, pero al menos habían fabricado un pequeño árbol con raspas de pescado que, aunque producía un olor muy intenso, quedaba bonito. Colocó el paquete a la vera de esta obra de arte y se dispuso a salir para recoger el siguiente, pero al darse la vuelta vio por la ventana a tres hombres corriendo cuesta abajo que, por la dirección que llevaban se dirigían hacia el trineo. Enseguida salió Santa de la caseta corriendo tras ellos, gritándoles palabrotas, pero por culpa de su sobrepeso tuvo que callar y parar sofocado.

Entre la niebla pudo ver cómo los pescadores subían al trineo y tiraban de las riendas. Rudolf, el reno mágico que es el que transmite la capacidad voladora a los demás renos, salió disparado hacia las nubes, llevando consigo el vehículo y sus nuevos tripulantes, desapareciendo rápidamente de la vista del viejo bonachón. En el momento comprendió que se la habían jugado.

Solamente le había dado tiempo a repartir los regalos de Asia, Oceanía y América, pero ese año, el resto del mundo se quedó sin Navidad. África le daba un poco igual, pues ningún año le daba tiempo a llegar, pero los pobres del viejo continente, con lo que le quieren sus niños…

A la mañana, con la poca luz que se colaba entre las nubes, pudo descubrir lo que verdaderamente ocurrió. El barco pesquero había naufragado unos días antes, de hecho, aún había restos entre las rocas que formaban el islote. Aunque desconocía si habría muerto alguien en este accidente marítimo, sabía que al menos estos tres habían logrado sobrevivir gracias a la caseta que se encontraron en el peñón, que estaba dispuesta de mantas y algunas latas de conserva, pero eran muy limitadas, así que tramaron el plan del robo del trineo. Sabiendo que se acercaba el 25 de diciembre, escribió cada uno una carta y se la mandaron a Santa Claus mediante el método tradicional, dejándola debajo de la almohada mientras dormían. El plan les salió perfecto.

Pero Santa no se iba a dar por vencido. Abrió los regalos que le habían pedido. Uno era una caja de madera que contenía un juego de mecheros de gas y una bolsa de veinte velas cónicas. El segundo contenía un arpón moderno con varios recambios. Y en tercer lugar otra gran caja, esta vez de cartón, con un gran surtido de dispositivos pirotécnicos. Estos presentes dejaban claro que el plan B de los pescadores era sobrevivir en aquel desolado peñón. Ahora Santa utilizaría estos recursos y los que ya se encontraban en la caseta para aguantar con vida hasta que algún barco le rescatase.

Gracias al arpón tuvo comida casi todas las semanas, sobre todo pescado y cangrejos, pero alguna vez cazó algún alcatraz despistado. El problema es que no era suficiente y finalmente tuvo que sacrificar a Vixen, pues el reno no podría sobrevivir mucho tiempo más sin alimento. Este animal no solo le dio carne para varios días, sino también una grasa estupenda con la que cocinar la carne y el pescado. Otro combustible fueron las cajas de los regalos y otras maderas y papeles que ya había en el trastero de la caseta. Por desgracia no era mucho y se agotaba a un ritmo vertiginoso. Sabía que no podría aguantar mucho más.

A los dos meses de estar allí le comenzaron a sangrar las encías y a doler mucho los huesos. A Santa lo estaba matando el escorbuto, además, apenas tenía como encender un fuego. Estos hechos tan evidentes hicieron que entrase en una fuerte depresión que lo consumió a niveles muy elevados. No solo había adelgazado, sino que además se le empezó a caer el pelo y formar nuevas arrugas. Se pasaba los días tirado en la incómoda cama, mirando fijamente el árbol de Navidad hecho con raspas, hasta que un arrebato de ira le hizo sacar fuerzas para agarrar el asqueroso objeto y tirarlo a la mar.

Fue justo en ese momento cuando, gracias al día tan soleado que hacía, vio a lo lejos un pesquero. Ahora no fue la ira lo que le dio fuerzas, sino la esperanza. Sacó los juegos pirotécnicos y los encendió junto a la caseta, pues era la parte más alta del peñón. Tuvo que apartarse lejos para no acabar herido ni sordo por los fuegos artificiales, que hicieron un trabajo magnífico, pues el movimiento del barco hacía presagiar que al fin sería rescatado.

Dos meses y medio después de haber sido abandonado en el islote, Santa Claus llegaba al puerto de Porttree, donde fue enviado a un hospital de Edimburgo para su recuperación. Su sucio traje rojo delató su identidad, lo cual alivió al mundo entero, que sospechaban que, tras el fracaso de las Navidades anteriores, el viejo Claus hubiese podido fallecer.

A pesar de la insistencia social, nunca contó nada ni a la policía ni a la prensa, y cuando al fin se sintió fuerte no esperó la baja médica para salir del hospital. Lo primero que hizo fue buscar a sus renos, cosa que le llevó más tres semanas, pues se habían instalado en un bosque al norte de Suecia. Luego volvió a su hogar para preparar las Navidades de ese año, que ya iba con mucho retraso. Los pequeños elfos se reencontraron con un jefe muy cambiado. Le notaron más silencioso, malhumorado y duro con ellos. El 25 de diciembre de ese mismo año aparecieron muertos los escoceses Archibald Thomson y los hermanos Camdan y Ear Henderson. Al primero se lo encontró su hija por la mañana, y su cuerpo estaba cubierto de cera derretida. El cadáver de Camdan Henderson fue hallado también por la mañana, atravesado y clavado en la parte exterior de la puerta de su domicilio con la punta de un arpón. Y, por último, la muerte de Ear Henderson dio de qué hablar por lo macabro que fue el procedimiento del homicidio: habían adherido a todo su cuerpo decenas de petardos gordos, y las explosiones de estos quemaron y descarnaron a la víctima hasta que finalmente falleció. Nunca se encontró al asesino.

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