Cuento navideño III. El aguinaldo

Nos veíamos como los trovadores del vecindario, abrigados con chamarras horteras de segunda mano y armados con zambomba y pandereta, ensuciábamos de barro e ilusión los portales de todo el barrio. Con un “Burrito sabanero” nos podíamos sacar cinco pesetas cada uno, y con la canción esa de las “Campanas de Belén” llegamos a conseguir una vez, además de unas monedas, un bastoncillo para cada uno.

Mi prima Gloria, como era la mayor, se ocupaba de colocarnos a mi hermano y a mí ante las puertas de los potenciales objetivos. A mí, como era el más pequeño y, por lo tanto, el más irresistiblemente tierno para los corazones de los ancianos, me solía poner justo delante de la puerta con unas gafas luminosas absurdamente grandes y con la pandereta de menos platillos. A Gonzo, mi hermano, le colocaba a mi lado, pero un paso más atrás, ataviado con una pajarita de payaso, un sombrero de luces parpadeantes y una trompetilla de agudos tonos insoportables. Ella, por su parte, orquestaba la acción desde un lateral junto a la vieja zambomba del abuelo, pero también visible gracias a todas las luces que se encendían y apagaban sobre ella.

Esa noche de luces y copos ya nos habíamos sacado el pellizco propuesto, pero nuca es suficiente cuando estás en la cima, así que, aunque las manecillas del reloj apuntaban muy arriba, decidimos hacer un último portal. Empezando desde el piso de más altura para luego ir bajando, pisoteamos los tantos escalones hasta la quinta planta y nos pusimos en formación, aclaramos gargantas y llamamos al timbre del domicilio que se presentaba ante nosotros…

Nadie abría, así que volvimos a llamar…

Y hasta una tercera vez tocamos el botón del timbre…

Nada. Comenzamos a bajar hacia la cuarta planta. En realidad, era totalmente normal que la mitad de los domicilios estuviesen vacíos, pues las familias se juntan risueñas en aquellas fechas, pero nuestra costumbre era llamar tres veces, una vez cada uno, y entonces ya, si nadie abría, nos marchábamos.

Bajando estábamos cuando se escuchó un ruido en la puerta del quinto. Estaban quitando la cadenita e iban a abrir, así que corriendo volvimos a ascender, intentando tomar nuestras posiciones, pero como yo era el más pequeño me quedé atrás. Mi hermano alcanzó la puerta de roble macizo cuando estaban abriéndola y pudo poner su horrorosa sonrisa de simpático, y mi prima, también en su puesto, me hizo gestos para que me diera prisa.

De aquella vivienda oscura salió una mujer muy vieja que nos abarrotó de pánico, pero la edad no era lo terrorífico. Las escreróticas de sus ojos estaban totalmente coloradas, inyectadas en sangre, y de la boca bien abierta, de la cual no se veían dientes, salía gran cantidad de espuma. Movía la cabeza y los brazos hacia todos lados, a una velocidad tremenda, y se acabó lanzando sobre mi hermano, derribándolo y cayendo encima de él. Yo me quedé inmóvil viendo aquello hasta que mi prima, que saltaba los escalones de tres en tres, me cogió del brazo y me tiró fuertemente para que bajase.

Mis piernas respondieron. Una detrás de la otra fueron cumpliendo su función, escalón tras escalón. Sin embargo, lo que había dentro de mi cráneo estaba cortocircuitando y solo emitía pensamientos entrecortados relacionados con los recuerdos pasados de mi hermano y una angustia familiar futura, y mientras tanto captaba sus gritos en lo alto del edificio. Pero Gonzo no era el único que gritaba y pedía auxilio, pues mi prima y yo llorábamos de angustia y de terror. Y cuando ya pisábamos la segunda planta, vi cómo Gloria, que me llevaba muchos escalones de ventaja, tropezó y rodó aparatosamente hasta el primer piso.

El jaleo de medianoche en aquel portal provocó que los vecinos del primero saliesen asustados. Dos mujeres de mediana edad y un anciano, los tres decorados con porquería navideña, nos encontraron en su rellano. Yo me lancé a los brazos de una de aquellas mujeres sin pensar en las consecuencias, pero la recepción por parte de ella fue buena.

Mi prima, que parecía que había recuperado la respiración que los golpes de la caída le había quitado, comenzó a llorar fuertemente, y con los brazos se arrastraba hacia la puerta de aquellos vecinos que no paraban de preguntarnos qué pasaba, sobre todo, porque aún se escuchaba desde lo alto a mi hermano pedir ayuda.

Nos dejaron entrar en la casa y llamaron a una ambulancia, pues lo de mi prima tenía muy mala pinta. Mientras tanto, la otra mujer cogió un palo de escoba y subió hacia arriba para ver qué estaba pasando, porque nosotros no éramos capaces de comunicar nada claro, pues lo único que había podido decirles tartamudeando es que, se estaban comiendo a Gonzo. Mi prima, en cambio, solamente gritaba de dolor.

Unos minutos después volvió a bajar la mujer, con el palo de escoba en la mano izquierda, y apretando la otra, mi hermano Gonzo, que parecía seguir de una pieza, aunque con el rostro más blanco que la nieve. Le dejó con nosotros y volvió a subir corriendo.

La anciana del quinto acabó en el hospital. Las luces que llevábamos encima le habían provocado un ataque epiléptico justo en el momento que asomaba por la puerta, y, aunque la caída sobre mi hermano había amortiguado el golpe, a esa edad los huesos eran de cristal, por lo que su cadera no aguantó.

Nosotros, nos sentimos tan mal confundiendo su epilepsia con una transformación demoníaca, que decidimos comprar unos bombones con el dinero del aguinaldo y fuimos a visitarla al hospital. Una vez allí, la anciana nos dijo:

<< ¡Qué suerte habéis tenido de que me diera el ataque, porque si no, ahora mismo, estaríais en mi estómago, hijos de puta! >>

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