Feliz ano del conejo

Nadie podría haberse imaginado jamás que, veintimuchos años después de mi nacimiento, en la provincia china de Hunan, iba a estar yo conmemorando un final de año occidental con dos españoles, treinta y seis uvas y una urbe portuguesa que, si no recuerdo mal, se llama Oporto.

Sin saber cómo, al jefe de la empresa le caí de buenas y me envió a trabajar a las oficinas de Madrid, allí en España, donde necesitaban la presencia asiática para temas de códigos electrónicos que no interesan al lector. Lo que sí viene a cuento es que en la empresa conocí a Jesús, un empleado-monigote de tres pelos que, a pesar de su deficiencia en el trabajo, es un tipo con cierta gracia y siempre es agradable tenerle cerca, por los “jajas”. Y esto lo digo porque fue este menda quien me invitó a pasar junto a él una de las fiestas occidentales más importantes, y nada menos que en Portugal, pues se iba para allá con un compinche, o al menos así lo llamaba él.

Acepté la invitación, claro, pues era eso o quedarme todo el fin de semana en la mierda de residencia que me habían adjudicado, y eso ya lo hacía siempre, así que aproveché la invitación mientras me comía una mandarina.

El día treinta por la noche salía nuestro avión y habíamos quedado en el aeropuerto directamente, pero nadie me comentó que la capital de este ridículo país tuviera unas instalaciones aeroportuarias tan magnas y desordenadas, y así pasó, que estuvimos media puta hora buscándonos en las “deapertures” hasta que alguien se pispó de que yo me encontraba en la Terminal 4 mientras que mis compañeros de viaje pisaban correctamente la T1 ¡Oh my God! Y aquí los Uber te arrancan el alma ¿Por qué nadie me había informado? Tal vez alguien lo hiciese, pero es que hay algo que aún no he comentado, y es que hablo chino e inglés, mientras que mi compañero chapurrea muy vagamente el inglés, además del español, lo cual, la comunicación era jodida.

Ya en la adecuada terminal me encontré con Jesús y su misterioso compinche, un barbudo narizotas de pose yonqui, y este ni siquiera sabía lo que era el inglés… Ya verás tú que viaje de malentendidos se presentaba.

Pasamos la zona de control creyendo que no pillábamos el avión ni de broma, pero luego resultó que el atasco aéreo era considerable, así que nos tocó esperar más de una hora, aguantando en la fila de entrada a estos dos mataos y a sus voces de altos decibelios… Ahora puedo afirmar que todo lo que cuentan sobre los españoles es cierto.

Pero vale ya de perder el tiempo y líneas de papel hablando de tópicos sudeuropeos, eso es algo que me había tocado sufrirlo a mí, y vosotros no tenéis por qué, así que a lo que íbamos: Llegamos bien tarde a Porto (dejaré de llamarlo como los idiotas y comenzaré a utilizar su verdadero nombre, sin el artículo), sobre la una de la madrugada pisoteamos nuestro pésimo alojamiento, una habitación de tres camas, una abajo y dos en la parte superior, y una de las de arriba no tenía ni protector anti-caídas. Echamos a suertes las camas y sí, me tocó la peligrosa. Para los sádicos que leéis esto, spoileo que no me rompí la cabeza, por si queréis dejar de leer ya.

No comentaré nada sobre la noche. Los pedos y ronquidos de mis acompañantes merecerían un capítulo aparte, por supuesto, pero no es este el momento. En cambio, si es digno mencionar que los españoles no rezan tanto como tenemos pensado, es más, estos dos no juntaban palmas ni para aplaudir. Lo único que hacían era hablar en ese idioma post-romano, seguramente cachondeándose del pobre chino.

A la mañana siguiente nos dimos el paseo a lo que llaman centro histórico, y ya con una cerveza en la mano que me obligaban a consumir. Jesús no paraba de hacer el payaso, y el compinche entorpecía mi camino contándome mierdas culturales sobre la ciudad, y no es que no me pudiera interesar, es que no entendía su idioma + las tres palabras de inglés que decía que se sabía. Yo asentía con la esperanza de que se callase de una puta vez.

Así rápido diré que estuvimos en un puente que atravesaba un río al que llamaban “de oro” y que parecía un jodido riachuelo comparado con el río Xiang, que es el de mi pueblo y le da mil vueltas. También subimos a la torre de una conocida iglesia para ver la cara a mil turistas más y, de vez en cuando, un poco de paisaje. Eso sí, desde arriba pude ver por primera vez el famoso Atlántico. Y poco más: el ayuntamiento, un mercado, calles repletas de luces y vagabundos, y una librería que tiene cierta relación con el niño mago ese que es insufrible.

Jesús se empecinó en probar una francesquinha, que es un plato bomba del lugar, y hasta que no lo consiguió no paró, eso sí, tuvimos que tragarnos varias colas –不要想坏– hasta que nos conseguimos meter en un restaurante aceptable. La francesquinha estaba bien, pero lo mejor fue el vino, que nos enrojeció las orejas, sobre todo al compinche, que cambió las charlas educativas por el ritmo de la tontería, y ya no paró nunca jamás.

Estos desgraciados querían estar frescos para la fiesta de la noche, así que nos fuimos a dormir la mona al alojamiento, una cosa a la que llamaban siesta. Y tras la absurda interrupción del día, se dieron a las cervezas baratas. Yo, por compromiso y por buscar la aceptación de occidente, me uní a ellos. Y así, de repente, cayó el primer trueno, y tras él, la lluvia brotó para no terminar en mucho tiempo. Lluvia por fuera. Lluvia por dentro.

Las cosas que acontecieron entre las siete de la tarde y las diez de la noche son Top Secret, pero para que os hagáis una idea se me escapará la anécdota en la cual Jesús salió desnudo a la calle mientras llovía a cántaros ¡Top Secret he dicho!

A las diez, tres personas con dos paraguas navegaban hacia la parte céntrica de la ciudad. Mis compis no paraban de farfullar, supongo que hablaban de la mierda de fiesta que iba a ser aquello con las gotas cayendo sin parar. Poco a poco crecían mis ganas de darles un puñetazo, y posiblemente no me estaban faltando al respeto, lo que pasa es que, como no les entendía una mierda, me imaginaba que hablaban de mí y esto ayudó a que brotara un odio incontrolable. De hecho, cuando caminaba por detrás de ellos, les escupía, y como estaba lloviendo ni se enteraban.

Nos tiramos una hora en un bar, alimentándonos de más cerveza, y a las doce menos cuarto nos dirigimos hacia la plaza del ayuntamiento, que de repente acogía a una multitud de idiotas como los dos que tenía al lado. Estos me dieron doce uvas, pero no entendí el por qué. La gente gritaba, fumaba, bailaba… pero a las doce justo salieron de no sé dónde unos petardazos de colores y ahí sí todos se volvieron majaras. Mis compañeros comían uvas y bailaban al ritmo de las sirenas policiacas, el grupo de al lado gritaba y rompía cosas, los de enfrente se masturbaban mirando el reloj del edificio. Comencé a tener miedo. Luego vino más alcohol, más lluvia y, sobre todo, más alcohol.

Si al día siguiente me hubieran dicho que atracamos un camión de embutidos y que arrojamos a un octogenario por el puente del río, me lo habría creído, pero despertamos en las camas del alojamiento, cada uno en la suya, sin rasguños y con una resaca aceptable. Devoramos unas galletas de chocolate con unos zumos de abacaxi espolvoreados con paracetamol, y como nuevos.

Sin embargo, la lluvia no cedió ni un momento, y si mis colegas tenían algún plan para ese día (pues son ellos quienes decidían todo, yo solo me limitaba a seguirles y escupirles) se tuvo que cancelar. Pero para eso estaba la baraja de póker roñosa del compinche, para pasar unas horas enseñándoles a jugar a un juego chino. Y luego, cuando parecía que acabaríamos a hostias, se les ocurrió convertirme en un menino inocente al que hacerle tragar todos los juegos de magia que dos tontos muy tontos eran capaces de sacar de la chistera. En fin, que para ellos fue divertido. Para mí regular.

Para terminar el finde en Porto, unas pocas horas antes de volver a Madrid, estos dos compis de viaje decidieron aumentar el nivel de ridiculez y contrataron un “Escape Room”. Yo nunca había hecho uno de estos, y no digo que no molen, pero es que éramos tres supernenes que apenas podíamos comunicarnos entre nosotros, y para colmo, el juego era en portugués. Sólo diré que aquella hora encerrado se me hizo eterna.

Y por aquí dejaré el diario, pues como estábamos agotados, la vuelta se hizo tranquila y dolorosa. Quizá en otra ocasión os cuente mis andanzas por Venecia, porque los italianos… otros que tal bailan. No paran de hacer ese gesto tan absurdo con la mano.

En fin. Feliz ano nuevo del conejo, tanto en Occidente como en China, que queda poco.

2 comentarios en “Feliz ano del conejo

  1. mjoseserrano

    Post muy divertido, aunque al principio me costó entender si era el chino el que escribía, si yo estaba entendiendo el chino, por qué el chino se metía con sus compañeros, en fin… me he reído, que es lo importante!

    Le gusta a 2 personas

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